Margaritas
no son nada más para deshojar... hoy 14 de febrero
No, no estamos hablando del cóctel, que por cierto me queda estupendo. Como dicen mis amigas, yo hago mean margaritas.
Pero hoy quiero hablarte de las flores.
Bellis perennis. Su nombre latino ya suena interesante, es bella y persistente. Fortaleza envuelta en pétalos. Crece entre las grietas del pavimento, resiste el arranque, soporta el pisoteo. Y vuelve. Y vuelve. Y vuelve. Una lección botánica de dignidad.
En homeopatía se aprovechan precisamente esas cualidades. Bellis perennis se utiliza para la recuperación de traumatismos profundos, sobre todo en tejidos blandos. La florecilla, humilde que parece frágil trabaja en silencio restaurando lo magullado.
¿Y que tal de fascinante es su conexión con la perlas?
Etimológicamente, margarítes μαργαρίτης, que en griego significa perla. La palabra pasó al latín como margarita y terminó nombrando tanto a la gema marina como a la flor terrestre. ¿Será por esa corona blanca alrededor de un sol dorado? ¿O porque ambas comparten una belleza discreta o una luminosidad intrínseca?
Y luego viene el dicho “no echen margaritas a los cerdos”.
La encontramos en el Evangelio según Mateo 7:6. En latín: nolite mittere margaritas vestras ante porcos. En el texto original se usa la palabra griega. Es decir, lo que no debe arrojarse a los cerdos son perlas, no flores. Sin embargo, en español heredamos “margaritas” y el imaginario cambió; ya no se trata de una gema, sino de algo sencillo que puede que no sea apreciado.
La frase suele usarse como advertencia. No ofrezcas lo valioso a quien no sabrá reconocerlo. Sin embargo, las margaritas florecen para todos. Filósofos, amantes o distraídos paseantes.
Las perlas simbolizan pureza, lágrimas divinas, como las de la Virgen de los Dolores y tantas imágenes que derraman su pena por nosotros. Las margaritas representan inocencia y lealtad. Comparten esa blancura que nuestra cultura asocia con lo incorruptible.
Pero ninguna de las dos es ingenua.
Las perlas son producto de una herida. Un grano de arena que la ostra cubre, capa sobre capa, hasta transformarlo en nácar. La irritación se convierte en suavidad, el dolor en belleza.
Las margaritas, por su parte, contienen aceites esenciales y compuestos que les confieren propiedades cicatrizantes y antiinflamatorias. También ellas responden al golpe. También ellas transforman el trauma.
Ambas son estrategias de supervivencia. Resiliencia ante el guijarro irritante o al pisotón. Más allá de lo frágil. La humildad convertida en luz.
Quizá la máxima bíblica podría leerse no como desprecio, sino como cuidado. No regales tus perlas ni tus margaritas a quien no sabe verlas. Aunque, a fin de cuentas, ellas seguirán haciendo lo suyo; formarse en el fondo del mar o brillar a la vera de un sendero.
Y como lo prometido es deuda, aquí les dejo la verdadera receta de un margarita clásico. ¡Cuidado! a pesar de su dulzura aparente, lleva una fortaleza interior que suele sorprender.
Margarita perfecta (tabis dixit):
Ante todo; sal, de este mar que nos circunda y nos protege, sella la confianza y es signo de hospitalidad.
Tres partes de tequila de alma bravía y a veces áspera, pero siempre nuestro, con sus luces y sus sombras. Blanco, por favor.
Dos partes de Cointreau, esa naranja dulce del mediterráneo transformado en un licor de ensoñación y tiempo.
Y al final una parte de limones criollos de la tierra nuestra
Escarcha tus copas con sal y en una coctelera o simplemente en un vaso grande, reúne los ingredientes. Les gusta sacudirse o mezclarse a un buen ritmo.
Llena las copas de hielo quebrado hasta el tope y ahora sí va la mezcla. Siempre podrías meterlo a la licuadora con hielo para que te quede un sorbete o un frozen margarita. Unas gotitas mínimas de amargo de angostura en la copa le harán ser más feliz.
Un abrazo agridulce como el amor y con las ganas de una fiesta interminable.
¡vamos! Compartamos la sal… compartamos la memoria…
y ya lo demás que sea fiesta.





"Margarita, está linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar..."
En la primaria me gustaba mucho una compañerita de nombre Margarita, rubia, pecosa, de trenzas, prima de Cecilia, de pelo oscuro y corto. No recuerdo más, pero posiblemente haya sido la primera Margarita a la que presté atención en mi vida. En mi familia, hasta donde alcanzo a ver, nunca hubo alguien que se llamara así, ni entre las hermanas de mis amigos o en mis grupos cercanos de infancia y adolescencia. En la universidad tuve una compañera a la que apreciaba, Margarita Guerra y posteriormente en el trabajo y en las clases coincidí con algunas otras. Márgaras, Maggies, Margarets, etc. Aunque hace tiempo que no la veo, recuerdo con particular afecto a Margarita Maass.
El nombre me gusta: es musical, dulce, cristalino. (Margarito me parece horrible).
Sigamos con Rubén Darío: "y una gentil princesita, tan bonita, Margarita, tan bonita como tú."
Salud Amiga